sábado, 24 de diciembre de 2011

25 de Diciembre - Origen, mitos y creencias





En el siglo IV, bajo el imperio de Constantino, el cristianismo pasó a ser la religión de estado del imperio romano. Esto no fue porque Constantino haya sido cristiano, sino porque Helena su madre lo era. Mientras Constantino era un seguidor del culto del Sol Invencible, Helena era miembro de la casa real de Britania, descendiente de Santiago de Jerusalén, también conocido como José de Arimatea, fundador de la iglesia judía celta.


El obispo Macarius de Jerusalén fue el que la convenció de soportar al nuevo cristianismo emergente. Ella indujo a su hijo para tolerar a los cristianos. En el concilio de Nicea (325 DC), Constantino fue persuadido de que la única manera de que el imperio Romano prevalezca en el oeste, era uniendo todo el imperio bajo la religión cristiana.


En este concilio, Cristo fue "votado" como dios encarnado. Se definieron los libros que serían parte de la Santa Biblia, en donde unos ochenta escritos fueron incluidos y unos 76 fueron excluidos, entre ellos, los libros basados en los apóstoles, por ser controversiales con los nuevos estamentos de la iglesia definidos en el concilio. Fue definido el credo y los cuatro evangelios. Según algunos historiadores, estos no fueron definidos por designio de Dios, sino que fueron producto de decisiones de hombres sesgados por sus particulares modos de ver y referir el momento político y social del imperio. Es remarcable que este concilio se haya realizado en territorio Bizantino y no en Roma, más aún, que el obispo de Roma se haya negado a participar así como la mayoría de los obispos latinos. Lo cual le dio más poder a la Iglesia Ortodoxa de oriente, y por tal motivo, los evangelios fueron escritos primero en griego y fueron traducidos al latín mucho después. En principio fueron dedicados a una audiencia griega más que romana.
Hay que recordar que los evangelios originales, que fueron escritos por los mismos apóstoles o sus escribas, estuvieron en papiros enrollados y armados en códices. La mayoría escritos en griego y otros en arameo. La mayoría no sobrevivieron a la destrucción de Diocletianus y sobrevivieron muy pocos fragmentos. Ciertamente la nueva versión completa de los evangelios no fueron producidos antes del 340 DC.
Durante el concilio de Nicea fue cuando Jesús fue deificado como dios y con el concepto del nacimiento de una virgen. Eso fue parte de la injerencia de la cultura griega, ya que era costumbre de deificar a los grandes personajes de esa manera. El culto al hombre como lo fue por ejemplo Julio César (autoproclamado descendiente de Hércules), no era una novedad. La aristocracia romana demandaba este tipo de descendencia, lo cual era una forma de ver las cosas que provenía de los griegos.


En función de imponer el concepto de la virginidad de María, la jerarquía eclesiástica griega fue la que implantó “la evidencia” de que María fue impregnada por el espíritu santo. Lo cual no era tan inverosímil, siendo que el espíritu santo era entendida como la emanación femenina de la deidad Judaica. Si bien, para nosotros, la lógica de que dos entidades femeninas puedan engendrar un niño no nos cierra, para los griegos no les importaba y Jesús fue agregado al panteón de las deidades.
El Concilio de Nicea decretó que un obispo que ya era titular de un obispado, no podía ser electo papa en Roma, ya que el obispado era de por vida y no podía ser cambiado por otro. Los que tenían derecho a ser obispos eran los monjes, abades, diáconos, sacerdotes y los electores eran, más de las veces, no otros que el pueblo de Roma mismo. Debido a la corta esperanza de vida, los papas eran muy jóvenes. Juan XI tenía veinte años, mientras que Juan XII tenía 18, Gregorio V tenía 24. Algunos papas fueron sucedidos por sus hijos en muchos casos. El concepto de los papas elegidos por los cardenales no sucedió hasta antes del siglo XI. Este es uno de los motivos por el cual la línea episcopal de la sucesión de papas haya comenzado con Pedro, se supone que puede no ser cierta, dado que Pedro nunca fue Papa.
También fue en el Concilio de Nicea que fuera decretado el 25 de Diciembre como el nacimiento de Jesús. Eso fue porque en el 274 DC el solsticio de invierno caía el 25 y ese día era el festival del nacimiento del sol invencible, la cual era una festividad pagana. El emperador proclamó esa fecha como “Natalis Solis Invictus”, el festival del nacimiento del sol invencible. Para no ser menos el Papa Julio I (Fundador del archivo de la Santa Sede en donde ordenó la conservación de todos los documentos) que lideró a los católicos romanos entre el 337 y el 352 DC, adoptó esa fecha como la del nacimiento oficial de Jesús en lugar del 6 de Enero. En el calendario Juliano, el 25 figuraba como el solsticio de invierno festejado por muchos pueblos del hemisferio norte como un nuevo renacer del ciclo de la vida. Luego, Constantino el grande, para unificar el imperio bajo la religión Cristiana, decretó que la fecha de la celebración pagana del solsticio de invierno fuera cambiada por el del nacimiento de Jesús Cristo. Para los paganos, el significado de la fecha era otro.


De acuerdo a las tradiciones, la Gran Madre Tierra daba nacimiento al nuevo sol durante la noche del solsticio anunciando así el nuevo ciclo de las estaciones. En Grecia fue celebrado como el nacimiento de Dionisos en las festividades Dionisíacas de los campos y las Leneas. En Egipto se celebraba el nacimiento de Osiris. Durante los días del Imperio Romano, durante el solsticio de invierno se honraban a Saturno y a Mitra (proveniente de Siria). De tal importancia era esa fecha para el mundo conocido en ese entonces que el cristianismo la adoptó para el nacimiento de Jesús.


Lo cierto es que más allá de las controversias, las creencias y todo lo que se pueda decir sobre la Navidad, lo importante es que esta fecha, así como la de fin de año, es un motivo para reunir a las personas y hacer un corte en la actividad que nos depara la vida moderna.
Les deseo unas felices fiestas a todos.




UNA AVENTURA IMPRESIONANTE EN EL PARQUE NACIONAL NAHUEL HUAPI

Hugo Payen, mediante una regresión mental en el tiempo inducida por un grupo de almas compañeras, lo llevarán al siglo XVII, para ir detrás del mito de la ciudad perdida de los Césares. Junto a los vuriloches, recorrerá las comarcas que hoy están comprendidas dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi. Seguirá un camino de autoconocimiento, comprendido por los cuatro pasos iniciáticos: El del guerrero, el del mercader o negociador, el del sacerdote, el del Mago o Brujo. Como parte de ese camino, y a través de arquetipos de la mitología mapuche y tehuelche, se enfrentará a la problemática del bien y del mal, así como a los demonios y espíritus enraizados en su inconciente. Hugo se verá tentado en su honestidad, lo cual será un determinante en el desenlace de la historia. Este libro invita a cuestionar los límites de la realidad fijada por el paradigma Newtoniano-Cartesiano.

Datos personales

Antes que hablar sobre el "ser", preferiría hablar sobre la experiencia de "ser", específicamente las que tuvieron influencia en la novela. La zona del Parque Nacional Nahuel Huapi tuvo y tiene un atractivo muy especial. He pasado vacaciones y realizado muchas caminatas por esas montañas, disfrutando aquellos paisajes que me producen, hasta el día de hoy, un efecto sorprendente. Fue inevitable que surgiera el sentimiento de que algo mío estuvo allí alguna vez. Luego vinieron los tiempos de investigar sobre sus habitantes, su historia, costumbres y creencias. Pero cada vez que volvía a esos sitios, parecía que incitaban la inspiración para relacionr la fantasía con la realidad, contemplando otras características que pueden tener el espacio y el tiempo.